Ya pasó San Valentín. Algunos lo celebraron, otros lo criticaron, y muchos lo dejaron pasar. Pero aprovechando que febrero sigue siendo el mes en el que hablamos más de amor, me gustaría plantear una pregunta distinta: ¿cómo aprendemos realmente a amar?
Como decía Erich Fromm, “amar es una capacidad que debe desarrollarse; no depende del objeto amado, sino de la madurez de quien ama”. Y esa madurez emocional no surge de la nada: empieza a construirse en la infancia, en la forma en la que fuimos cuidados, escuchados y acompañados emocionalmente. Esto influye profundamente en cómo elegimos pareja, en lo que toleramos, en la intensidad con la que vivimos determinadas experiencias emocionales y en lo que nos duele.
Claro que a todos nos duele una ruptura, pero cómo atravesamos ese dolor, qué significado le damos, cuánto nos desorganiza, cuánto nos cuesta poner límites o separarnos de relaciones que no nos hacen bien, sí que depende de cómo nos han amado.
¿Qué es amar bien?
Hoy en día, las redes están llenas de mensajes sobre cómo detectar red flags, cómo identificar a un narcisista o cómo ver si estoy en una relación tóxica o si tengo a una “persona vitamina”. Y aunque estas miradas pueden aportar información, a menudo ponen el foco fuera, como si el problema estuviera siempre en la persona que elegimos. Pero rara vez nos detenemos a preguntarnos:
¿Cómo amo yo?
¿Cómo he aprendido a vincularme?
¿Qué patrones repito sin darme cuenta?
Si realmente aprendemos a respetarnos y cuidarnos a nosotros mismos muchas de esas relaciones tóxicas o experiencias traumáticas ni siquiera llegarán a nuestras vidas. Aprender a amar actúa como un filtro natural.
Cuando ponemos el foco en nosotros y no en los otros, también entendemos que nuestros primeros grandes vínculos no son las parejas, sino nuestros padres. Es, en esas primeras relaciones, donde se construyen, de forma silenciosa, los modelos internos sobre el amor. A lo largo de la vida se suman otras experiencias que también influyen en cómo nos vinculamos, pero la base suele formarse en casa. Por eso, vale preguntarse: ¿cómo me amaron? Y, para quienes tenemos hijos, ¿podemos influir en cómo vivirán ellos el amor en el futuro?
El amor adulto no se improvisa, se aprende
Cómo influimos como padres en la forma en que nuestros hijos aprenderán a amar no depende solo de grandes traumas o situaciones extremas —que, por supuesto, pueden tener un impacto devastador—. Incluso en familias estructuradas, con educaciones basadas en valores y con buenas intenciones, existen pequeñas dinámicas cotidianas que pasan desapercibidas pero que, poco a poco, moldean profundamente cómo una persona aprende a quererse a sí misma y a relacionarse con los demás.
Y aquí es importante subrayar algo fundamental: no se trata de hacerlo perfecto. No se trata de evitarles el sufrimiento ni de crear una infancia ideal. Ser madre o padre es convivir con la imperfección. Todos gritaremos alguna vez. Todos diremos “espera” cuando no podemos escuchar. Todos fallaremos en algún momento. Este aprendizaje, la forma en que enseñamos a nuestros hijos a amar y a valorarse, no surge de actos aislados, sino de los gestos que se repiten, de los pequeños hábitos diarios, de lo que predomina en su vida.
Entonces, la pregunta siguiente es inevitable: ¿en qué debemos fijarnos como padres? ¿Qué actitudes o comportamientos del día a día pueden influir positiva o negativamente en cómo nuestros hijos se aman a sí mismos y aprenden a amar sanamente a los demás?
Cómo los comportamientos cotidianos moldean la forma de amar
Estos estilos de vinculación no se enseñan con palabras, sino con experiencias repetidas.
Cuando un niño llora y escucha frases como “no llores”, “no es para tanto” o “déjate de tonterías”, aprende que sus emociones no son bienvenidas. No porque sus padres no le quieran, sino porque no se le acompaña emocionalmente. Con el tiempo, esto puede generar un estilo más evitativo, es decir, que le cueste acercarse o intimar con los demás y que reprima lo que siente en sus relaciones adultas.
Cuando no se escucha el miedo o los nervios, cuando se exige constantemente sin atender al cansancio, o cuando el cariño se retira como castigo (“vete a tu habitación”), el mensaje implícito es que el amor es condicional. Esto puede favorecer un estilo más ansioso, donde el adulto está pendiente de la validación del otro y teme el abandono, buscando constantemente aprobación en sus relaciones.
Un ejemplo especialmente delicado es la triangulación, cuando un niño queda atrapado en conflictos entre adultos, aliarse con uno contra el otro o guardar secretos. Aunque no haya mala intención, el niño vive lealtades imposibles que pueden afectar su forma de relacionarse en el futuro.
En cambio, cuando un niño encuentra adultos que escuchan sin juzgar, legitiman sus emociones y acompañan su enfado, miedo o tristeza, se va construyendo una base segura. No porque desaparezcan las frustraciones, sino porque existe reparación. Acudir cuando se hace daño, dialogar en lugar de aislar, respetar límites y validar el mundo emocional sin racionalizarlo todo, permite que ese niño, de adulto, se relacione con confianza, empatía y respeto.
Por lo tanto, lo más importante es la relación que construimos con nuestros hijos: cómo lo escuchamos, cómo le mostramos que sus emociones importan y que siempre hay un lugar seguro al que volver, aunque existan límites y correcciones.
Ese vínculo primigenio es la base sobre la que aprenderá a amarse a sí mismo y a amar a los demás de manera sana. Además, validar las emociones es una base para su autorregulación. Cuando validamos sus emociones y les damos espacio para expresarlas, las elaboran y aprenden progresivamente a contenerlas.
Guiar desde este lugar no siempre es fácil. En ocasiones, tenemos que enfrentarnos a nuestras propias heridas y a los patrones de amor que aprendimos y que no siempre fueron los mejores. A veces nos obliga a transformarnos, a replantearnos nuestra manera de amar y a corregir aquello que no nos supieron dar. Enseñar a un hijo a amar, de manera silenciosa pero hermosa, nos invita y nos empuja a amar mejor, a reparar lo que no aprendimos bien, y nos recuerda que el amor siempre puede crecer y renovarse en cada gesto.
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