Septiembre es, para muchas familias, el verdadero inicio del año. Aunque el calendario nos marque enero como comienzo, lo cierto es que es ahora cuando se reactiva todo: la vuelta al cole, a los trabajos, recuperamos el ritmo habitual y llenamos las agendas de actividades. Las rutinas se instalan (o se imponen) otra vez en el día a día.
Si esto para los adultos supone un esfuerzo, para los niños puede ser aún más complicado.
Durante el verano, especialmente en culturas como la nuestra, se produce una auténtica suspensión de las normas. Las cenas se alargan, los horarios se difuminan, el tiempo de pantallas aumenta, las actividades espontáneas sustituyen a las estructuradas. Es normal ver a niños jugando en la calle a las 11 de la noche, cenando en terrazas a horas impensables durante el curso, o pasándose las tardes enteras entre juegos, playa y libertad.
Esta desconexión estival plantea un reto: la vuelta a la rutina puede sentirse como un auténtico golpe de realidad. Y eso, tanto para adultos como para los más pequeños, puede traducirse en lo que conocemos como síndrome posvacacional.
Además, los niños no solo regresan a la rutina: ellos también cambian de curso, de etapa educativa y, a veces, hasta de colegio, lo que implica nuevos profesores, nuevos compañeros, nuevas exigencias académicas y sociales. A diferencia de los adultos, que solemos volver al mismo entorno laboral, ellos enfrentan una suma de novedades y desafíos que pueden generar inseguridad o miedo, aunque no siempre sepan expresarlo.
¿Cómo es el síndrome posvacacional en niños?
Aunque no se trata de un diagnóstico clínico, el síndrome posvacacional es una forma de describir el malestar que puede surgir al volver a las obligaciones después de un período largo de descanso y disfrute. En los niños, puede manifestarse en forma de:
Cambios de humor o irritabilidad
Apatía o desgana al hablar del colegio
Problemas para dormir o despertarse por la mañana
Menor tolerancia a la frustración
Quejas físicas (dolor de barriga, de cabeza…)
Y no es que estén “malcriados” o “consentidos”: el cerebro infantil, aunque muy plástico, aún está en desarrollo y no tiene la misma capacidad que un adulto para autorregularse o entender los cambios repentinos de contexto.
El cerebro de los niños
El córtex prefrontal no termina de madurar en la infancia, de hecho, su maduración se extiende hasta bien entrada la edad adulta, completándose, de forma general, entre los 25 y 30 años, aunque algunas funciones básicas ya están más consolidadas en la adolescencia tardía.
¿Qué implica esto en la infancia?
En la etapa entre los 3 y los 12 años, el córtex prefrontal aún está en pleno desarrollo. Esta región es responsable de funciones ejecutivas como:
La autorregulación emocional
La atención sostenida
La toma de decisiones
La planificación
La inhibición de impulsos
La flexibilidad cognitiva (capacidad para adaptarse a cambios)
Por eso, los niños pequeños dependen enormemente del entorno adulto para regularse. Cuando se enfrentan a cambios como la vuelta al cole, lo hacen con un sistema neurológico todavía inmaduro para gestionar esa transición de manera autónoma.
Entonces, ¿qué significa esto en la práctica?
Que no podemos exigir a un niño que entienda y se adapte al cambio como lo haría un adulto. No tiene aún las herramientas neurológicas para ello.
Que las rutinas, los límites y el acompañamiento emocional son necesarios porque funcionan como “andamios externos” mientras el cerebro madura.
Que es normal que les cueste organizarse, concentrarse o controlar impulsos, y debemos ser pacientes sin confundir inmadurez con desobediencia.
El córtex prefrontal —la parte del cerebro que regula funciones como la planificación, el control de impulsos y la toma de decisiones— aún está inmaduro durante la infancia.
Por eso, cuando pasamos de un extremo (verano, libertad, espontaneidad) a otro (rutinas, horarios, normas), necesitan ayuda para adaptarse.
¿Qué podemos hacer como padres para facilitar esta transición?
Afortunadamente, hay muchas formas de suavizar este cambio. Y aunque lo ideal sería mantener ciertas rutinas incluso durante el verano (horarios de sueño similares, cierta estructura en las comidas, etc.), si no ha sido así, todavía estamos a tiempo de actuar.
Aquí van algunos tips prácticos antes de que empiecen el colegio:
1. Adelantar progresivamente los horarios
No hace falta imponer de golpe el horario escolar, pero sí empezar a acostar y levantar a los niños un poco antes cada día, para que su reloj biológico se ajuste. Ir avanzando progresivamente (15-30 minutos cada día) puede marcar una gran diferencia.
2. Bajar el ritmo progresivamente
Si los días siguen llenos de estímulos intensos (pantallas, excursiones, juegos desbordantes), el cerebro seguirá en “modo verano”. Intenta introducir actividades más tranquilas como la lectura, los juegos de mesa, el dibujo o incluso momentos de silencio o relajación. Esto ayuda a preparar el sistema nervioso para el ritmo del curso escolar.
3. Recuperar pequeñas rutinas diarias
Volver a tener horarios para las comidas, el baño o la cena es una forma amable de recordar al cuerpo y a la mente que nos acercamos a una nueva etapa. Puedes usar un calendario visual o una agenda sencilla para anticipar estos cambios con tus hijos.
4. Hacer una “cuenta atrás” positiva
Hablad del cole no como una amenaza, sino como un reencuentro con amigos, juegos y aprendizajes. Podéis preparar juntos el material escolar, elegir la mochila o planear el primer desayuno del curso. Anticipar de forma lúdica reduce la ansiedad y mejora la disposición emocional.
5. Compartir tus propias emociones (con lenguaje adaptado a su edad)
Puedes decir frases como:
“A mí también me cuesta volver al trabajo después del verano.”
“Yo también estoy un poco nerviosa por retomar el ritmo.”
Compartir tus emociones con tus hijos, con palabras que ellos puedan comprender, además de ayudarles a gestionar las suyas, fortalece el vínculo afectivo. Les enseña que está bien sentir y expresar lo que les pasa, que no están solos, y que los adultos también tienen emociones complejas. Eso les da permiso para hablar de las suyas sin miedo, sin vergüenza y con confianza.
En resumen: el cambio cuesta, pero se puede acompañar
El inicio de curso es una transición, y como toda transición, necesita tiempo, paciencia y acompañamiento.
No se trata de evitar el malestar a toda costa, sino de hacerlo más llevadero y menos abrupto.
Así que si estás leyendo esto a finales de agosto: aún estás a tiempo de suavizar el aterrizaje. Introducir poco a poco rutinas, hablar con tus hijos, acompañar sus emociones y bajar el ritmo es la mejor forma de volver a septiembre sin convertirlo en una montaña rusa emocional.
Y recuerda: las rutinas no son castigos, sino anclajes que les ayudan a sentirse seguros en un mundo en constante cambio.